En el último Encuentro de Oración del año que ha
tenido lugar esta noche, hemos reflexionado sobre la Navidad.
A la gran mayoría de los que festejan la Navidad
se les escapa por completo el acontecimiento que dio nacimiento a dicho
festejo, quedando el hecho divino de la encarnación de Cristo como algo que
difícilmente la gente ligue a esta fecha, mostrando así el desconocimiento
completo de lo que debiera ser la razón y el corazón de la Navidad.
Si la despojamos de todos los adornos
artificiales, de las reuniones familiares y los días de fiesta, para muchos no
tiene más para decir. En sí, constituye un verdadero drama navideño, pues la
gente no se da cuenta que la venida del Hijo de Dios para habitar como uno de
nosotros es el mayor bien que se nos podría haber hecho jamás.
No hay regalo, por más precioso que resulte que
se pueda comparar siquiera a lo que Dios Padre nos regaló esa noche en un
pesebre de la pequeña aldea de Belén.
La Navidad es la llegada de todo el bien que Dios
deseaba hacerle a la humanidad. Para aquellos que hemos tenido nuestra Navidad,
es decir el momento en que Cristo vino a nuestros corazones, podemos decir que
la luz llegó a nuestras vidas, que fueron totalmente cambiadas por su llegada.
Hoy Cristo puede venir a tu vida también, para que compruebes por ti mismo que
él es realidad y que la Navidad no es una feria más, sino que es el festejo del
momento donde la eternidad tocó la historia para hacerse carne por amor por
cada uno de nosotros.
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